Todos los miércoles a las 20:00 horas tenemos una cita con Jesús en nuestra iglesia, para estar con Él. Así como suena: estar con Él. A su lado. Dedicándole nuestro tiempo y prestándole atención. De eso se trata la hora santa: el sacerdote o el ministro extraordinario de la sagrada Comunión van al sagrario, y sacan la Hostia Consagrada para exponerla ante la asamblea. Esa Hostia, ese pedacito de pan blanco, es el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es Dios mismo, presente de manera física entre su pueblo, y expuesto en medio para que su bendición alcance a todos cuantos puedan verlo y adorarlo.
¿Qué se hace durante una hora santa?
La mayor parte del tiempo hay silencio, pues no se trata de repetir oraciones en voz alta, sino de estar con Jesús, sin que hagan falta palabras. El equipo de liturgia se encarga de que haya un altar donde exponer al Señor, cirios encendidos (cuya luz representa la oración del pueblo de Dios), música -preferiblemente en vivo-, y una breve reflexión del Evangelio del día. También de esta forma Dios se dirige a nosotros, y nosotros a Él. En cualquier momento de la hora santa puedes acercarte y tomar un versículo de la Palabra de Dios. Ya cerca del final, leemos en voz alta las intenciones anotadas a la entrada: de esta forma nos unimos en oración de intercesión unos por otros. Y cuando terminamos, somos invitados a llevar nuestros pequeños cirios a la parte de atrás de la iglesia, donde se encuentra el oratorio de María, y dejamos esas luces (nuestras oraciones personales) en sus manos, encomendándole que sea ella quien las continúe presentando ante Jesús con su intercesión maternal.

