Rara vez somos conscientes de la mirada de Dios sobre nosotros; y, en muchas ocasiones, esa consciencia resulta algo negativo, pues por alguna razón creemos que se trata de una mirada de juicio y reproche, como una especie de «gran hermano» controlador. ¡Pero no es así! De hecho, se trata de una mirada que, efectivamente, nunca se aparta de nosotros, pero no para juzgar, condenar ni controlar. La mirada de Dios ama, hermosea, sana, restaura, acompaña, cuida, santifica, alegra… elige y llama. Y sobre eso se trató este retiro. Estuvimos profundizando en el misterio de la mirada de Aquel que nos creó con amor y por amor a su imagen y semejanza, y que siempre nos ve hermosos -inlcuso allí donde nosotros mismos nos rechazamos-.
Al final del día nos encontramos entregándole todas las áreas de nuestra vida para que pase sobre ellas su mirada, y también rogándole que nos conceda la gracia de vernos a nosotros mismos y a los demás de la misma manera en que él nos ve: siempre bellos, amados, elegidos.
