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Entre los 12 apóstoles de Jesús, hubo uno que lo traicionó. Y no estamos hablando de Judas. Este es un hombre que, siendo uno de los mejores amigos del Señor y habiendo recibido toda su confianza, le dio la espalda cuando éste más lo necesitaba. Y fue sin mala intención: sencillamente, se dejó llevar por sus impulsos más humanos, sus miedos, su debilidad. Ese hombre vivió en adelante con el peso de la culpa y el dolor de haber fallado, de haberle roto el corazón a la persona que tanto amaba; en absoluta oscuridad, amargura y frustración. Le bajó la autoestima, olvidó su vocación, y estuvo convencido de haber dañado sin remedio su relación con Dios. Naturalmente, esto se vio reflejado también en su relación con los demás: su esposa, su hermano, sus amigos. ¿Te suena familiar? Pues bien, a ese hombre Dios le mostró la más inmensa misericordia, de la forma más sencilla: sin echarle nada en cara, sin reclamos de ningún tipo, con ternura, respetuosa y pacientemente… con el amor de un Padre bueno. Y entonces toda su realidad se transformó. Ese hombre somos cada uno de nosotros. Y este día de retiro se trató justamente de vivir el mismo proceso sanador y restaurador, para que también nuestra vida cambie. 

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