En este momento estás viendo Retiro de Cuaresma para Caballeros

El fin de semana del quinto domingo de cuaresma contemplamos el pasaje del evangelio en el que muere un gran amigo de Jesús: Lázaro. Y el pasaje nos muestra aspectos determinantes de la relación del Señor con sus amigos, y que tienen que ver directamente con nosotros, que también hemos sido elegidos y llamados por Él para ser sus amigos. Alrededor de este hermoso pasaje giró este retiro de Caballeros. 

A Jesús le hicieron saber que Lázaro estaba enfermo y, aún sabiéndolo, eligió esperar un poco más antes de ir a verlo. ¿Por qué? ¿Acaso no le importaba la situación de su amigo? O… ¿acaso esta demora tenía un propósito, un sentido que no se veía en ese momento? Después, cuando le dicen que Lázaro ha muerto, emprende camino hacia allí. Justo cuando los discípulos piensan que ya no vale la pena. ¿Por qué lo hace? ¿Acaso Jesús ve algo que nosotros no vemos? ¿Acaso la muerte no significa derrota para él? ¿Acaso allí donde nosotros vemos el final, Jesús ve el inicio de algo nuevo? Y finalmente llega a Betania, donde lo esperan sus dos grandes amigas con el corazón roto por la muerte de su hermano, su única familia. Jesús las confronta; en el dolor, les pregunta por su fe, por sus convicciones. También nos lo pregunta a nosotros. Pero es justo en ese momento cuando lo vemos llorar. Dicen que llora por su amigo… pero Jesús ya sabía que Lázaro todavía tenía historia por vivir; así que esas lágrimas no eran por el difunto. ¿Serían acaso porque se conmueve ante el dolor de sus amigas? ¿Serían porque sabe que ellas no entendían nada en ese momento, y solo podían sentir dolor, y estaban desesperadas? ¿Será que llora también Jesús cuando somos nosotros quienes estamos así? Y luego viene el desenlace… ese momento en el que Jesús llama al que está muerto y le devuelve la vida. Solo Él lo puede hacer. Solo en su boca nuestro nombre, aunque antes hablara de muerte, pasa a sonar como una melodía de vida. De esperanza. De nuevas oportunidades. De Amor que no conoce límites. 

Durante el retiro cada Caballero pudo elaborar una cruz de madera, única y personal, que representa cada una de las realidades de muerte para dejar atrás. La finalidad de estas cruces era poder arrojarlas al fuego pascual la noche de la Vigilia, como signo de transformación; de pascua (paso del Señor). También al final de retiro cada Caballero se llevó consigo una vela muy especial, con un texto bíblico que les recuerda el llamado de Dios a despertar de la muerte y vivir la vida en plenitud. Cada uno de esos cirios habría de ser encendido por primera vez justo en la noche de la vigilia, como signo de vida nueva. 

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